9.20.2009

para los de nichos conocidos de interacción

Un día sin nada particular, sin nada especial, sin diferencia medible con cualquier otro, opté por mantener la mirada fija en mis pasados, con la firme intención de no repetir los viejos errores que ya en otros momentos había encontrado alargando la línea de pasarme factura. Pensé era una buena táctica la de ser creativo en mis equivocaciones y excesos, no sólo para no repetirme, sino para encontrarme con nuevas maneras de meter -apoteósica y míticamente- la pata… y es que aun para los errores debiera uno observar parámetros de acción que minen lo mediocre y que privilegien la habilidad y el esfuerzo.

Un día después a ese día, y sin notar la relación, opté por ser consecuente con mis pensamientos y mis emociones, porque pensaba en ese momento que la coherencia en mi propia estructura discursiva podría fortalecer mis pequeñas victorias y agregar visibilidad a mis nichos de interacción. Siempre me resultó importante aquello de estimular mi auto-percepción -y la ajena- bajo la sombra de un mismo patrón que evidenciara solidez y carácter.

Un día noté que mis viejos errores, mis errores de siempre, mis errores acometidos, realizados, pasados, vistos en fotografías y en recuerdos, traídos a colación entre cicatrices y una que otra languidez liquida, eran en realidad una doble falacia: ni son errores, ni son pasados.

Resultó que la construcción juiciosa de mi es la sumatoria empañetada de aciertos y desengaños que, juntos, desembocan en mi, mis escritos y mis ratitos de frenesí. Resultó que aquella expectativa de modificar lo no bueno y quedarse con lo no malo agrieta los cimientos y se convierte en cuota inicial de catástrofes identitarias.  Resultó que el yo es resultado de la sumatoria de patrones autodestructivos y positivos manifiestos en perfecta simbiosis inquebrantable, inmodificable, inagotable. Por consiguiente, mis errores no son errores: son actos consecuencia de ser yo mismo. Mis errores además no son pasados: son atemporales y ligados a mi propio patrón de existencia.

No obstante -y en contraste-, mi coherencia entre ideas, pensamientos y emociones me invitan a no vivir en los mismos agujeros si acaso pudiese evitarse. Mi lógica discursiva pretende que sea más lógico, y la entiendo: tiene lógica.

Así, en la encrucijada entre el ser y el deber ser estoy seguro que no hallaré matrimonios felices, y sospecho sin embargo que el ser le dará al deber una paliza, pero el deber me hará la vida imposible el resto de mis días, mientras siga siendo. Consciente como estoy de lo bizantino del conflicto, me preparo a continuar en mis paradojas y contradicciones el tiempo que resta, pero advierto desde ya a los de los nichos conocidos de interacción que cambien sus apuestas y apunten sus astrolabios a nuevos nortes: no debieran ya esperar mucho de mí.

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