No es que no sepa de donde vengo, la historia reciente, la proyección potencial existente, la lectura de presagios… hacía donde apuntan las cábalas. No es que desconozca el listado de ausencias, la pila de defectos, la secuencia de imperfecciones, las equivocaciones acometidas. No se trata de estar sumido en depresivas cadenas de eventos que se consolidan como posibles casos psiquiátricos de estudio universitario especializado. No es siquiera la negativa a mis positivos -o lo mismo pero viceversa-.
Desde mi punto de vista creo que se parece más a aquel tipo de diatriba generalizante, injusta, desproporcionada, descontextualizada, ingenua si se quiere. Aquella clase de elegía que se manifestaba iracunda, frenética pero nimia de cuando crees tener la razón en todo. Es más similar a una rabieta de aquel momento en que te comunicas con alaridos y el mundo no parece entender tu excelsa sapiencia acumulada en seis meses de vida.
Desde mi punto de vista creo que se parece más a aquel tipo de diatriba generalizante, injusta, desproporcionada, descontextualizada, ingenua si se quiere. Aquella clase de elegía que se manifestaba iracunda, frenética pero nimia de cuando crees tener la razón en todo. Es más similar a una rabieta de aquel momento en que te comunicas con alaridos y el mundo no parece entender tu excelsa sapiencia acumulada en seis meses de vida.
Es, finalmente, responsabilidad de la hermenéutica, la propedéutica, la mayéutica –entre otros males- que exigen a tu frágil concepción exageradamente humana, emotiva e irracional, que piense, interprete y procese de manera lógica y encausada aquellas fútiles eventualidades del día a día.
El lastre resulta de no lograr ver lo fútil en lo eventual, no alcanzar a interpretar como poco importante lo que quizá no sea tan poco importante. El inconveniente se suscita cuando procuras trivializar tu propia conjunción de sensaciones en nombre de la redención emocional y la altura evolutiva. La falla arremete cuando no alcanzas a ser más grande que tus pensamientos, pero el pensamiento sin embargo se mantiene indeleble en la base estructural de los análisis.
En consecuencia, sin peligro de enloquecer pero con el riesgo de enloquecer a tu entorno, mutas a una maraña de paradójicos comportamientos, posturas, actitudes, desvelos y manifiestos, que irracional e inevitablemente golpean de manera aleatoria el desarrollo espontáneo de los minutos de un día cualquiera, saltando de minuto a minuto, y de hora en hora, entre pensamiento y pensamiento. Así, sucede que te aventuras a una curiosa exploración introspectiva de necesidades y de múltiples satisfactores seleccionados que suelen no acertar en su fin último (o incluso en su fin primero) de resolver el problema. Por ello, irremediablemente, te encuentras en una balsa con un solo remo en donde orbitas en desplazamientos circulares que modifican su diámetro, según la fuerza que apliques al intento de movilizarte.
No es que aquella incapacidad de tráfico íntimo resulte por defecto bueno o malo en sí mismo. Es, tan tajante y pedagógico como suena, un proceso necesario para migrar entre A y B de manera exitosa, y retornar de una buena vez al imperio de los sentidos o a raciociniolandia, lo que sea que suceda primero.
Entretanto, y mientras algo sucede, me abrazo a mis rutinas, en cumplimiento responsable de mi yo tangible, palpable, corpóreo y muy consciente de la necesidad de estar activo y productivo en mi criolla y patriotera versión de mi matrix. Y también entretanto, me suscribo a nuevos y refritos deleites, para mantener estática y extasiada esta proyección de mi “yo varado”, para no terminar de enloquecerme -y a mi entorno-.
Es en este punto en el que acuden en mi auxilio las aceitunas y el gintonic, en todas sus diferentes versiones, para permitirme el dulce y el existencialismo, la superficialidad y la inflexión idiomática, lo banal y lo más banal, lo no acertado y lo más equivocado, lo insano y perjudicial, mientras termino de arribar, ya sea nadando o en esa balsa, hasta la otra orilla.

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